2025 puede leerse como el año de consolidación definitiva de la inteligencia artificial. No porque la IA haya aparecido de repente, sino porque se cruzó un umbral cultural irreversible.
Más allá de modelos como Gemini 3.0, capaces de producir videos hiperrealistas, o las nuevas iteraciones de OpenAI, lo que volvió decisivo este año no fue la novedad técnica en sí, sino su escala, su integración y la adopción social masiva.
De pronto, la IA dejó de percibirse como herramienta de un nicho de expertos para incorporarse, con naturalidad, a la vida cotidiana.
Cientos de millones de personas utilizan herramientas de IA de forma activa cada semana, con plataformas como ChatGPT concentrando decenas de millones de usos diarios.
A eso se suma una capa mucho más amplia —pero menos visible— de crecimiento indirecto, ya que los buscadores ofrecen a diario miles de millones de resúmenes generados por IA; o existen servicios de mensajería como WhatsApp, donde Meta AI se integra directamente en la experiencia de uso de más de mil millones de personas.
El avance se explica por varios motivos.
Por un lado, los modelos alcanzaron un nivel de madurez sólido, son mucho más capaces, rápidos y accesibles que en años anteriores. No son perfectos, pero resultan útiles sin necesidad de formación técnica profunda. Cuando el umbral de esfuerzo cognitivo se reduce, la difusión se acelera.
Por otro lado, la infraestructura acompañó esta transformación. Mejoras en capacidad de cómputo, eficiencia y escalabilidad permitieron desplegar IA a gran escala, en tiempo real, y a un costo bajo para el usuario. Algo no menor: no hubo que renovar dispositivos ni aprender interfaces especializadas.
De todas maneras, quizás lo más significativo no tenga que ver con la tecnología en sí, sino con el espacio que ocupó en la conversación social.
Porque lejos de permanecer confinada a entornos corporativos o académicos, la IA se apropió de formas inesperadas: se usa para trabajar, estudiar, programar, pero también para restituir fotos familiares, generar contenido creativo, montar proyectos comerciales, automatizar atención al cliente, o simplemente lúdicamente, para jugar o experimentar.
Esa apropiación, ese uso cotidiano y familiar no trivializa la IA sino que la convierte en parte del tejido cultural de su época.
Esta dinámica recuerda otras olas tecnológicas históricas —computadoras personales, Internet, redes sociales, smartphones—, y parece claro que la inteligencia artificial encaja como la nueva gran transformación transversal. No explotó antes porque faltaban piezas clave.
Su momento de expansión masiva ya ocurrió. La próxima fase no será sobre el boom, sino sobre cómo sociedades, instituciones y personas aprenden a convivir con esta nueva realidad.