El año (pasado) estuvo repleto de avances tecnológicos que yo, Julián, pensaba que iban a tardar mucho más tiempo en llegar o en masificarse. Pero no: buena parte de los cimientos necesarios para la construcción de una nueva Era ya están aquí. Falta que sigan evolucionando.
¿Qué sigue? ¿Cómo sigue? ¿Qué resta? ¿Qué esperar? Me parece que vamos a atravesar unos años de prueba y error hasta que la situación se estabilice. Ese proceso no va a ser ni lineal ni prolijo.
Por ejemplo, modelos cada vez más capaces —aunque todavía inestables— conviviendo con infraestructuras pensadas para otro mundo; productos lanzados a una velocidad que supera la capacidad de adopción de personas, empresas y Estados; o regulaciones que llegan tarde, mal o a medias.
Vamos a ver iteraciones torpes, habrá retrocesos y convivirán usos brillantes con aplicaciones absurdas. No por falta de inteligencia o recursos, sino porque toda transición profunda necesita fricción, desgaste y aprendizaje colectivo antes de encontrar su forma definitiva.
Ahora bien, lo que subyace a todo esto también trae otros desafíos.
Los más evidentes: cómo rediseñar la manera de informarnos cuando la viralización de contenidos falsos pero hiperrealistas avanza cada vez más rápido y no hay tiempo —ni intención— para la desmentida o la rectificación; cómo repensar la forma de relacionarnos; cómo se amplía la brecha entre los países desarrollados y los que no, a partir de nuevas lógicas de producción y distribución; cuánta privacidad estamos dispuestos a negociar a cambio de productividad, comodidad y eficiencia.
Los más optimistas y menos evidentes: la aceleración de descubrimientos científicos que hoy avanzan a un ritmo desesperantemente lento; la posibilidad de acceder a capacidades que antes estaban reservadas a élites técnicas o geográficas; nuevas expresiones de creatividad híbrida que habilitan formas de creación impensadas hasta hace poco; Estados mejor equipados para responder a crisis.
Si en este 2026 tenemos un poco de suerte, todo esto no nos va a volver ni más brillantes ni más vagos, sino un poco más conscientes de qué partes de aquello que nos hace Humanos no se pueden automatizar ni deberían optimizarse.