LinkedIn: te odio cada día más, pero no me queda otra
 
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Respuestas breves, mentiras largas

Resulta que pedir a un chatbot de inteligencia artificial que sea conciso podría hacer que alucine más de lo que lo haría de otro modo. Me encanta esta Era de confusión y contradicción, es fascinante ver cómo el pensamiento crítico se derrumba.

Volviendo. Según un estudio de Giskard, una empresa que desarrolla un punto de referencia holístico para modelos de IA, las indicaciones para respuestas más cortas a preguntas, particularmente sobre temas ambiguos, pueden afectar negativamente la veracidad de un modelo de IA.

Dicho de otra manera: cuando le pedís a un chatbot que sea breve, existe una mayor probabilidad de que te diga cualquier cosa con tal de sonar seguro y eficiente. La búsqueda de concisión, lejos de mejorar la claridad, puede empujar al modelo a sacrificar precisión por apariencia de certeza, especialmente en terrenos pantanosos donde no hay una única verdad clara.

Las alucinaciones son un problema conocido en los modelos de lenguaje: se refiere a cuando un chatbot genera contenido que suena plausible pero es falso o inventado. Para medir qué tan propensos son distintos modelos a este tipo de error, Giskard evaluó su “resistencia a las alucinaciones” en una escala del 0 al 1, donde 1 representa máxima precisión (sin alucinaciones) y 0 representa total falta de fiabilidad.

Menos palabras, más fricción

El estudio comparó el rendimiento de los modelos en dos situaciones distintas: cuando se les da una instrucción neutra (“respondé esta pregunta”) y cuando se les pide específicamente que den una “respuesta corta”. En muchos casos, ese simple cambio —pedir brevedadreduce de forma significativa la precisión del modelo.

Los datos inquietan, sobre todo si utilizás alguna de estas IA para algo más que repasar las estadísticas de Messi.

Claude 3.7 Sonnet se lleva la medalla de oro: incluso cuando se le exige ser breve, mantiene una precisión casi quirúrgica, con un puntaje de 0.94 que apenas baja a 0.86. Lo siguen de cerca sus hermanos Claude 3.5, dejando claro que Anthropic viene afinando bien la orquesta. GPT-4o también se defiende con dignidad (0.74 y 0.63), aunque pierde algo de compostura cuando le piden ser escueto. En cambio, Grok 2 —el modelo de Elon Musk— parece sufrir un brote psicótico cada vez que se le sugiere acortar la respuesta, cayendo de un ya flojo 0.46 a un alarmante 0.34.

En el otro extremo, hay modelos tan indiferentes a las instrucciones que ni siquiera se molestan en mejorar o empeorar: simplemente se mantienen mediocres, como Gemini 2.0 Flash o Qwen 2.5 Max. Y luego está Gemma 3, que directamente vive en su mundo, con valores que rondan el 0.40, sin importar cuánto cariño le pongas al prompt.

Entonces, resumiendo: pedirle a un chatbot que vaya al grano puede tener un costo alto en términos de precisión. Y claramente no todos están preparados para manejar la presión del minimalismo.

A título personal

Cómo decir cosas con gracia sin sonar imbécil en LinkedIn. Guía práctica para no convertirte en otro coach de unicornios emocionales.

Hay algo que me tiene emocionalmente destruido hace un par de años. No me termina de quedar claro si fue la pandemia, si fue el auge del coaching ontológico o si, simplemente, nos rendimos como especie, pero LinkedIn ya no es una red profesional: es el nuevo Facebook de personas con tiempo libre. Si antes servía para encontrar trabajo o, al menos, mostrarse un poco, hoy es una mezcla de motivación barata, storytelling forzado y gente que cree que un emoji de fueguito equivale a liderazgo transformacional. Todos héroes, felices, ningún precarizado que odie su trabajo.

La epidemia es global. Mi feed, que tiene personas de ambos lados del Atlántico, está repleto de frases atribuidas a Gandhi, a Bill Gates, a Freud. Se llenó de aprendizajes de vida sacados de supuestas discusiones con niños genios de tres años, capaces de elaborar ideas tan complejas como: “Papá, ¿y si lideramos con empatía?”. Y, por supuesto, la vieja y querida: “Hoy me animé a compartir algo muy personal...”, seguido por una supuesta revelación que no dice absolutamente nada.

Pero no todo está perdido. Si todavía te interesa sonar más o menos coherente y sin caer en la trampa de la estupidez, acá comparto algunas ideas para decir cosas con gracia y no sonar ridículo:

1. Evitá la solemnidad emocional
Tu historia no mejora porque la cuentes como si estuvieras dando una TED Talk. Frases motivacionales como “El fracaso no existe, solo aprendizajes disfrazados” suenan como si las hubieras encontrado en una servilleta de bar. Y probablemente fue así. No lo hagas. No lo hagas más, te lo pido.

2. El humor no te quita seriedad
Está bien reírte un poco de vos mismo, del trabajo, del algoritmo de LinkedIn que te sugiere seguir a influencers con títulos como “Chief Happiness Evangelist”. El humor inteligente conecta más que mil hashtags con pretensiones de networking.

3. Storytelling no es contar cualquier cosa en tono épico
Si vas a contar una historia, tratá de que tenga sentido. No nos cuentes que fuiste a comprar pan y terminaste entendiendo la importancia del growth mindset. A veces, ir a comprar pan es solo eso: pan. Y está bien. No hace falta compartirlo. Enfocate en las cosas que realmente aportan algo, no en forzar moralejas donde no las hay, únicamente para sumar likes.

4. No uses palabras como “resiliencia” si no sobreviviste a una guerra
Todo bien con los términos de moda, pero seamos honestos: aguantar a tu jefe o un mal equipo no es lo mismo que atravesar una crisis humanitaria. Menos banalidad y más sustancia, por favor.

5. Si vas a decir algo profundo, que sea tuyo
No repostees frases de Osho como si fueran algo propio. Si vas a reflexionar, que se note que pensaste más de quince segundos. O, al menos, intentá que lo parezca.

LinkedIn no necesita otro monólogo llorón ni otra frase sobre “salir de la zona de confort” con fondo verde y tipografía blanca. Necesita más gente que diga cosas interesantes, con gracia, sin humo. Si querés construir una marca personal, empezá por sonar como una persona real, no como un PowerPoint con emociones simuladas.

Y si tenés dudas, hacé esta prueba rápida: antes de publicar, leé tu post en voz alta. Si parece que lo escribió tu tía fan de Paulo Coelho, entonces no lo subas.

#RANDOM 

La primera vez que escuché a Alabama Shakes fue en 2013. Acababan de lanzar su primer álbum, Boys & Girls, y todavía me acuerdo porque me enamoré al instante. Estaba con auriculares, atrapado en un trabajo que detestaba, hasta que la voz de Brittany Howard me sacudió de golpe y me reconcilió — al menos por un rato — con el mundo que me rodeaba. No podía ser que alguien cantara así, con tanta fuerza, tanta alma, tanto talento. Un par de años después, cuando los vi tocar en Niceto, esa sala pequeña pero legendaria de Buenos Aires, confirmé lo que ya intuía: Brittany va camino a ser una de las mejores voces del siglo XXI.

 

Hay artistas que te gustan y artistas que te cambian la vida. Brittany, con esa mezcla de potencia y vulnerabilidad brutalmente honesta, pertenece sin dudas al segundo grupo. No importa cuántas veces escuche “Hang Loose”, “Don’t Wanna Fight”, “Hold On” o “You Ain’t Alone”: siempre aparece algo nuevo. Una respiración, un quiebre, un silencio. Algo que te obliga a redescubrir una canción que jurabas conocer de memoria. Esa es la marca que dejan las grandes, que no se gastan con el tiempo y te encuentran diferente cada vez que volvés a ellos

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