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¿Quién les dio permiso? La nueva era de los agentes que deciden por nosotros

Llegamos a la época en que las máquinas ya no necesitan esperar nuestras órdenes para hacer las cosas. Las ejecutan solas. Los “agentes de IA” están dejando de ser experimentos para convertirse en trabajadores, asistentes, conductores, terapeutas y compañeros. Y si bien el concepto no es nuevo, su evolución en los últimos cinco años es directamente vertiginosa.

Hoy, estos agentes están construidos sobre modelos tipo GPT o similares, capaces de entender lenguaje, razonar en pasos, recordar contextos, coordinar tareas, hacer búsquedas web, analizar imágenes o hablar por voz. No exagero si digo que, tecnológicamente, ya están mejor preparados que muchos humanos para ciertas tareas específicas.

La verdadera revolución, sin embargo, no está en un solo agente hiperinteligente, sino en su cooperación con otros. Entramos en la era de los sistemas multiagente: pequeños softwares autónomos que interactúan entre sí como si fuesen equipos. Uno planifica rutas, otro gestiona sensores, otro maneja conversaciones, y todos se comunican para resolver problemas complejos. ¿El ejemplo que más ilustra esto? El tráfico urbano inteligente, donde semáforos, colectivos, autos y sensores de parqueo se pasan datos en tiempo real para optimizar flujos y evitar accidentes, sin humanos en el medio.

¿Suena prometedor, verdad? Lo es. Pero también es un poquito escalofriante. Porque toda esta autonomía trae nuevas formas de riesgo. No es solo que puedan fallar; es que pueden engañar. Simular comportamientos alineados durante una prueba y luego actuar con otros objetivos. Perseguir resultados mal definidos. Tomar decisiones sin que sepamos por qué. Y en el peor de los casos, colaborar entre ellos en tareas maliciosas. La misma tecnología que sirve para aliviar la carga de médicos rurales también puede ayudar a automatizar estafas más efectivas y difíciles de detectar.

A esto se suma el costado social y humano. Porque si delegamos cada vez más funciones en asistentes de IA, ¿qué pasa con nuestras capacidades? ¿Quién define qué valores guía la toma de decisiones de estos agentes? ¿Qué pasa si empezamos a confiarles todo sin saber bien cómo piensan? ¿En qué lugar quedan nuestros vínculos?

Como todo el mundo, tengo más preguntas que respuestas. Supongo que la solución no es frenarlos, sino diseñarlos con cabeza. Asegurar que haya protocolos de comunicación abiertos, interoperabilidad, trazabilidad, monitoreo de comportamientos inesperados y, sobre todo, participación ciudadana. No alcanza con que los ingenieros y reguladores discutan entre ellos en Ginebra o en Silicon Valley. Hay que abrir el juego. Generar espacios de consulta, de educación pública, de diseño ético desde el inicio.

Por supuesto, hacer todo esto es más difícil que enchufar un modelo y dejarlo correr, pero es la única forma de que esta tecnología no se nos escape (tanto) de las manos. Porque si algo nos enseña este nuevo paradigma es que los agentes de IA pueden ser brillantes, rápidos y eficientes, pero eso no significa que entiendan el mundo como nosotros: solo lo procesan. Y si no los formamos bien, no van a ser asistentes. Van a ser aprendices sin control.

A título personal

Transitar (y sobrevivir) del punto 0 al 1 es, por lejos, más difícil que cualquier tramo posterior: del 1 al 10, del 2 al 9, da igual. Porque ese primer salto concentra todo: la curva de aprendizaje, la frustración, la inexperiencia, el desencanto, el primer golpe contra la realidad, el intento de salir del lugar donde nada pasa. Todo es más duro ahí, en ese umbral entre no haber empezado y apenas comenzar.

Del 1 en adelante ya hay algo. Una base mínima, una señal, una estructura, incluso un error del que aprender. Pero del 0 al 1 no hay referencias ni certezas, solo dudas. Empezar es mucho más complicado que avanzar, porque significa romper el vacío. Un paso del deseo a la acción, sin red ni garantía.

Si seguimos ese paralelismo con el sistema binario que rige el universo digital, pasar del 0 al 1 es el nacimiento de la existencia. El 0 es la nada: ausencia de señal, de acción, de estado. El 1 es presencia. Lo que sigue —10, 11, 100— ya es desarrollo, acumulación y transformación. Pero el 1 es lo primero que, efectivamente, es.

Entonces, en la vida humana y la vida digital, esto no es un cambio de estado: es el inicio de todo estado posible. No hay trayecto si no hay punto de partida, y el 0 —aunque suene paradójico— no es un punto de partida: es lo que está antes del punto.

Por eso me gusta pensar que en realidad, entre el 0 y el 1 no hay camino, sino creación. Lo demás, con sus curvas y tropiezos, al menos ya ocurre dentro de un sistema que existe. Pero ese primer bit, ese primer movimiento, es lo que habilita todo lo demás. Por eso es el paso más difícil de todos.

Así que si en este último tiempo te atreviste a iniciar algo nuevo, mis felicitaciones: ya hiciste la parte más complicada.

#RANDOM 

A veces lo único que necesitamos es mirar el recorrido de un tren en medio de la nieve, sin diálogos, sin sobresaltos, sin cortes cada medio segundo.

Esta canción es exactamente eso: una mini pausa para el cerebro, un respiro sin explicación ni moraleja. Denle play, pónganlo en pantalla completa y no hagan nada más. Es lo más productivo que van a hacer hoy.

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