Pasé la semana rodeado de las mentes más brillantes
 
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AI For Good: la cosa se puso seria

AI for Good, por si no lo tienen tan presente, es una cumbre global organizada por la UIT (la Unión Internacional de Telecomunicaciones), que desde hace algunos años —antes que ChatGPT— junta a toda la fauna tech-humanista: desde científicos premio Nobel hasta burócratas, pasando por startups, artistas, CEOs y activistas. Todos discutiendo cómo usar la inteligencia artificial para el beneficio de la Humanidad. Aunque este año, con el tema geopolítico, queda claro que la integración y la cooperación internacional no es una prioridad para todo el mundo.

Hay un acuerdo general, que se puede resumir así: "La Humanidad nunca estuvo frente a este punto de quiebre respecto a su propia continuidad y futuro. El riesgo de arruinarnos es alto, y si el dinero puede más que el sentido común y la humanidad, es el fin". No es una metáfora ni ciencia ficción, sino más bien una sensación transversal que sobrevuela tanto en los tecnólogos como en los diplomáticos, en los CEOs y en los investigadores. Si seguimos desarrollando IA sin freno ni propósito, por pura inercia capitalista, el colapso no es una hipótesis, sino una alta probabilidad.

Entre las preocupaciones de alto nivel, también se destacaron enfoques que subrayan el potencial de la inteligencia artificial como herramienta para la resolución de problemas que van desde la falta de empleo hasta la mortalidad infantil, pasando por la respuesta a catástrofes naturales.

Una idea que se repitió en distintos paneles es que estamos frente a una tecnología de impacto enorme, cuyo rumbo todavía no comprendemos del todo. La baja de costos y barreras técnicas hace que cualquiera pueda generar contenidos falsos con apariencia profesional, lo que amplifica riesgos sociales y políticos a escala global. De ahí la insistencia en conceptos como cautela, gobernanza y límites claros, antes de que el daño sea irreversible.

Ese diagnóstico pesimista convivió, no obstante, con intervenciones de corte más pragmático. Especialmente en aquellos campos donde la diferencia está en la creatividad, la experimentación y la búsqueda de soluciones innovadoras, la IA es más una herramienta que una Divinidad. Vi mucho refuerzo sobre esa idea de que “los GPT actuales están más cerca de ser un pasante que un Dios”. Y eso, si lo pensamos bien, no es ni bueno ni malo. Es simplemente una advertencia para no perder de vista que, al menos por ahora, seguimos siendo los humanos quienes definen qué hacer con la herramienta. Justamente ese es el punto: la IA es una herramienta, no un fin en sí mismo. Por ahora.

No todos, por supuesto, están de acuerdo con esta visión tranquilizadora. Geoffrey Hinton (Messi + Maradona + Aitana Bonmatí del mundo de la ciencia computacional, por si no lo ubican) no opina lo mismo. Para él sí es cuestión de tiempo que lleguemos a la superinteligencia. No solo cree que es posible, sino que es inevitable. Y con ese futuro inevitable vienen también los riesgos: si se crea algo más inteligente que nosotros, que aprende más rápido que nosotros, que actúa más rápido que nosotros, ¿realmente creemos que vamos a poder controlarlo?

Y si tenemos en cuenta que los grandes avances tecnológicos fueron, históricamente, avances militares, no suena muy descabellado pensar que la próxima gran disrupción no nazca en un laboratorio de Silicon Valley, sino en un búnker del Pentágono. La guerra trae desarrollos que después se adaptan a la vida civil. Muy esperanzador, por suerte, con el contexto que tenemos.

Su par Yann LeCun, con quien Hinton ganó el premio Turing en 2018, tiene otra mirada. Más escéptico, más técnico, más tranquilo. Para LeCun, estamos todavía lejos de una inteligencia general real, y los modelos actuales —por más asombrosos que parezcan— no dejan de ser máquinas estadísticas, que predicen palabras sin comprender el mundo que las rodea. No “piensan”, no “sienten”, no “razonan”: calculan. Y si lo que hacen es calcular, entonces todavía están bajo nuestro control.

Entonces yo ya no entiendo quién de los dos tiene razón.

¿Es una cuestión de tiempo o de límites estructurales? ¿Estamos a punto de presenciar el nacimiento de una nueva especie o simplemente sobredimensionando una herramienta glorificada? ¿Tenemos que regular urgente o simplemente aprender a convivir con una tecnología más? De nuevo: al igual que todo el mundo, tengo más preguntas que respuestas.

Lo único que sé es que la conversación ya no es de nicho. No se trata de programadores nerds hablando entre sí. Hoy están todos en la mesa: científicos, diplomáticos, artistas, ONGs, militares, empresas, filósofos, agencias de Naciones Unidas. Porque la IA no es más un “tema de tecnología”, es un tema de humanidad. Entonces sí: la cosa se puso seria.

A título personal

Podría hacer cinco notas distintas por cada uno de los paneles que vi, porque el tema es tan rico y con tantas ramificaciones que da para divagar largo y tendido. Pero como no puedo hacer eso (y tampoco creo que ustedes lean tanto), voy a tratar de volcar aquí las ideas que más me quedaron resonando en la cabeza.

Menos es más

Daniela Rus, líder del Computer Science and Artificial Intelligence Laboratory (CSAIL) del MIT, explicó que cambiaron radicalmente el enfoque en el desarrollo de inteligencia artificial: en lugar de diseñar modelos con millones de neuronas artificiales, optaron por reducir drásticamente la escala, inspirándose en un gusano con solo 302 neuronas. Este giro les permitió crear las llamadas "Liquid networks", redes mucho más livianas y eficientes, que consumen menos energía, escalan mejor y se adaptan con mayor precisión a entornos cambiantes, sin depender de grandes infraestructuras computacionales. Podría ser un cambio enorme para la IA del futuro.

Más inclusión, menos tabú

Tilly Lockey se robó el show. La joven británica perdió sus manos de bebé por una meningitis y hoy usa prótesis biónicas de última generación, desarrolladas junto a la empresa Open Bionics. Contó su experiencia como co-creadora de sus propios brazos biónicos y demostró, en vivo, que puede desacoplar su mano del resto del brazo y moverla aparte, como si fuese Dedos de Los Locos Addams. Un momentazo del AI For Good. Lejos de cualquier tabú o burla, su mensaje fue claro: la tecnología no solo permite recuperar funciones perdidas, sino también redefinir lo que consideramos bello, posible y humano.

En esta misma línea, durante la competición de emprendedores, Amos Miller, fundador y CEO de Glidance, abrió su presentación con una pregunta poderosa: "¿Qué pasaría si nunca más pudieras volver a ver?". Habiendo él mismo perdido la vista luego de vivir con ella durante toda su vida, describió la dura realidad de 300 millones de personas ciegas en el mundo, muchas de las cuales se enfrentan a una pérdida abrupta de independencia. Hoy, recuperar esa autonomía implica aprender a usar un bastón blanco o adiestrar un perro guía: un proceso que puede tardar hasta cinco años, costar más de 100.000 dólares y que, en la práctica, solo completa el 2 % de quienes lo intentan. Un dato peor: el 98 % de las personas ciegas no sale de su casa.

Ante este escenario, Glidance propone una solución radicalmente nueva: un robot personal de movilidad llamado Glide. No es humanoide, sino una plataforma de dos ruedas con un mango que el usuario sostiene mientras camina. Basta con decir: "Hey Glide, vamos a Starbucks", y el dispositivo, equipado con cámaras y una IA de navegación sensible, guía al usuario de forma autónoma. Glide es intuitivo, no tira ni empuja: sigue el movimiento natural de la persona, orientándola en tiempo real y comunicándose por voz. Su diseño busca ser accesible desde el primer contacto —como tomarle la mano a alguien de confianza— y su precio apunta a ser asequible: unos 1.499 dólares más una suscripción mensual de 30, similar al costo de un teléfono móvil. Con casi un millón de dólares ya recaudados en preventas, Glidance aspira a democratizar la movilidad personal para millones de personas ciegas en todo el mundo.

Tanto de Tilly Lockey como de Amos Miller lo que más me gustó es la desfachatez y la altura con la que presentaron un problema y una solución, sin solemnidad y con bastante humor.

Emiratos Árabes Unidos se mete en la pelea por la IA global

Durante su intervención, el Ministro Abdullah Alswaha trazó una narrativa contundente sobre las persistentes y nuevas brechas digitales entre el Norte y el Sur Global. Recordó que en la era analógica tardamos más de un siglo en conectar a solo 800 millones de personas, lo que resultó en profundas disparidades: por cada dólar generado en el Sur, se producían dieciséis en el Norte. Aunque la era digital permitió conectar a 5.5 mil millones de personas en menos tiempo, todavía quedan más de 2.6 mil millones fuera, y la brecha económica persiste: el Norte sigue generando 3,5 veces más riqueza por dólar que el Sur. Ni hablar de la brecha entre hombres y mujeres. Esta exclusión digital, según Alswaha, no solo es inaceptable sino costosa en términos de pobreza, desarrollo y oportunidades perdidas.

Alswaha advirtió que nos adentramos en una nueva etapa que trae consigo tres brechas emergentes: de cómputo, de datos y algorítmica. Señaló que el 90 % de los datos con los que se entrenan los modelos de inteligencia artificial están en inglés, pese a que esta lengua ni siquiera es la más hablada del mundo, dejando atrás a comunidades enteras cuya lengua, como el árabe, no está representada. Más grave aún, denunció que el 80 % de las zonas de desarrollo de IA están concentradas en solo dos países, lo que —advirtió— “no es un enfoque multilateral que no deja a nadie atrás”. Como respuesta, Arabia Saudita se posiciona como actor activo al crear uno de los LLM más potentes en árabe, invertir en infraestructura que da servicio a más del 70 % de Asia, Europa y África, y lanzar una consulta pública global para establecer un marco regulatorio abierto a la innovación. El mensaje fue claro: la inteligencia artificial no puede construirse desde la exclusión ni al margen del resto del mundo.

Al final del día, lo que dejó AI for Good no fue solo una colección de avances técnicos, sino una serie de intervenciones que obligan a repensar qué consideramos progreso. Desde un gusano que inspira redes neuronales más sostenibles, hasta una mano biónica que desafía los límites entre cuerpo y máquina, pasando por el reclamo de justicia digital en idiomas que el algoritmo aún no habla, la inteligencia artificial ya no es un tema de futuro, sino un campo de disputa profundamente humano. Lo que está en juego no es solo quién programa el sistema, sino para quién, con qué mirada, y a costa de quién. Por eso, más que celebrarla o temerla, vale la pena escuchar lo que esta tecnología dice de nosotros. Y lo que podríamos —si elegimos bien— llegar a decir con ella.

#NO TAN RANDOM 

AI for Good siempre tuvo una impronta más cercana al sector público y a la dimensión humanitaria que al universo corporativo. Se organiza en Ginebra, a pocas cuadras de mi casa, y este año cambió de sede: pasó a Palexpo, un espacio mucho más grande (para quienes lo conozcan, es donde se hace el Salón del Automóvil). Para mi sorpresa, hubo mucha más presencia del sector privado que en ediciones anteriores: Meta, Deloitte, Tesla, OpenAI, Salesforce, entre otros. Eso hizo que el evento se acercara, en algunos momentos, al estilo de una feria de industria tipo Mobile World Congress, en lugar del clásico evento "gobierno y multilateralismo". Celebro esa integración de mundos.

También me pareció acertado que sumaran dinámicas propias del ecosistema tech: premiaciones a emprendedores, rondas de inversión para proyectos emergentes, e incluso el primer festival de cine generado con IA, con entrevistas a creadores, artistas y directores. El evento que en 2023 fue escenario del famoso anuncio de los robots humanoides interactuando en vivo con el público, hoy está claramente más consolidado, ocupando el lugar que le corresponde en la conversación global sobre tecnología y futuro.

Yo, contento de verlo crecer. Aunque me vaya con el cerebro lleno de inquietudes, contradicciones y conceptos nuevos, espero que el año próximo siga evolucionando.

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